martes, 3 de septiembre de 2013

"Solo unos segundos"




          Una última mirada atrás hacia la puerta, solo unos segundos. En el cristal el reflejo de su cuerpo duplicado, dentro y fuera, fuera… El sol estalla en el asfalto de la carretera y en su cabeza y ella se pierde entre los coches que se la cruzan de frente y el sonido de bocinas que se alejan. Un día como otro cualquiera que no tiene nada de especial, nada diferente. Las pequeñas tiendas del barrio cuentan las horas y las abuelas compran el pan y quizá unos huevos, apretando las monedas devueltas, escondiéndolas muy adentro. En las plazoletas el polvo ensucia las caras de los niños cuando juegan. Ese mismo polvo que se estancará después en los salones de las casas y que unas manos barrerán hasta el momento en que vuelva a acumularse para siempre. Las bocinas ya no suenan, son solo un eco de lo que pasó, de lo que muchas veces pasará. ¿Cuántas manos hacen falta para barrer el polvo acumulado en la memoria? Y de repente todo se vuelve blanco y solo existe el calor del asfalto que quema sus entrañas. “Se ha desmayado”. Una última mirada hacia un coche que se va, solo unos segundos.
     
          Hoy es el día. Las persianas están bajadas y la maleta está junto a la puerta. Acurrucada en el sofá, ella simplemente espera y cada segundo que pasa es una estrella que se desintegra y se convierte en ceniza. Cada una de ellas es un músculo que se dilata en su cuerpo, una lágrima que se funde en el mar y mancha sus rodillas. Hasta el momento en que ya no queda ninguna. Entonces todo es un vacío oscuro que la mece con una rara tranquilidad.
          En pocos minutos la puerta se cerrará, para siempre. Solo quedará el silencio, como una losa, que sepultará los llantos y risas de los niños corriendo por la casa, los gritos bañados en lágrimas, el éxtasis de los orgasmos mezclados con el miedo y la culpabilidad. Sostiene la carta con una mano mientras se mira en el espejo del cuarto de baño. ¡Si tan solo fuese posible ir hacia atrás en el tiempo! Se habría arrastrado por el suelo, rasgado sus vestiduras, abierto puertas pidiendo clemencia. Hubiera gritado en medio de una plaza abarrotada “¡Solo quiero una segunda oportunidad! ¡Necesito ayuda!”. ¿Pero hubiera servido para algo? Un grito mudo en medio de una inmensidad de rostros que contienen miles de gritos ajenos, asimilados, que nunca llegan siquiera a nacer. No, no hubiera servido para nada.
          Al sonar el timbre de la puerta de su boca sale un grito y su cuerpo se paraliza. Resbalando de entre los dedos, la carta cae al suelo, encima de los cristales. Todo ha terminado… El mundo se ha parado y ya nada existe ni existirá. Cinco metros, un pasillo, una maleta y una puerta cerrada, detrás de la cual quedará la certeza de un comienzo que nunca empezará. Y odio. Un odio desconocido que se agiganta en pocos segundos hasta explotar, que ahora sale a borbotones.
          Varios pasos lentos y seguros la llevan a la cocina. Con los ojos cerrados, puede oír en el silencio las voces de los niños correteando por el pasillo y el salón. Abre el cajón y agarra un cuchillo. “Todo se ha acabado”. El filo avanza hacia la puerta cuando se escucha de nuevo el timbre. “Para siempre”. La mano izquierda coge el pomo, lo gira y lo lanza hacia atrás con fuerza, mientras el cuchillo se pierde delante y entra y sale, entra y sale, entra y sale hasta que el cuerpo cae a sus pies. El rojo se expande hasta llenar su casa, las escaleras, el vestíbulo, todo el universo. Y fuera ya nunca habrá nada. Una última mirada atrás hacia la puerta, solo unos segundos. En el cristal el reflejo de su cuerpo duplicado, dentro y fuera, fuera… Sol, coches, bocinas… blanco.

          - Estoy embarazada - su voz salió sin darse cuenta, antes de que hubiera tomado la decisión de decirlo. Enfrente, él llenaba el vaso de nuevo y la miró fijamente, sentándose en una silla.
          - Estarás de broma…
          - No. Llevaba días queriendo decírtelo pero no era capaz – él apuró su copa y la llenó de nuevo. Después solo hubo silencio.
          - No quiero tenerlo. No podemos tenerlo.
          - Lo sé – dijo ella sintiendo enrojecer sus ojos hasta que se llenaron de lágrimas. Volvió a ver las pequeñas manitas aferradas a las suyas y a sentir cómo se desprendían. “Mamá ¿a dónde vamos?”, “¿Por qué nos hacéis esto?”, “Nos os preocupéis, niños, volveréis pronto. Mamá y papá os quieren”. Una mirada hacia un coche que se va…  – Pero tal vez todo cambie. Quiero pensar que aún es posible que todo vuelva a ser normal.
          - Eso es imposible ¿Es que piensas que va a venir un ángel de la guarda para salvarnos? Deja las gilipolleces. Tú estás tonta…
          - Tú tienes la culpa – bajó la mirada hacia el suelo. El polvo acumulado había creado una fina capa. Cuando él se levantó, furioso, las diminutas partículas siguieron la estela de sus pasos. – Y yo también la tengo. Todos la tenemos. ¿Por qué hemos cambiado tanto? - A su cabeza vino aquella imagen. Ese cuerpo tirado en la acera, apoyado contra la pared, con los ojos cerrados y extendiendo una mano temblorosa hacia las filas de personas que se cruzaban. Se quedó mirándolo un instante y siguió su camino. Al día siguiente compró una barra de pan de más, pero en la pared ya no había nadie. – A veces pienso que todos nos merecemos lo malo que nos pasa.
          - ¡Déjame ya con tus tonterías! – agarró un plato y lo tiró al suelo, haciéndose añicos. – Tienes que abortar. Elije: o él bebé o nosotros. Nada más puedo hacer y estoy hasta los cojones de aguantar tanta mierda ¿es que no lo entiendes?
          - No me hagas esto… ¡Te odio! – los platos reventaron contra el suelo, levantando el polvo, hasta que ya no quedó ninguno. – No te vayas, no quiero estar sola mañana. No podría aguantarlo.
          - Ya da igual – dijo él abriendo la puerta. – Todo se ha acabado… Para siempre. – y la puerta se cerró.

          Al salir de la oficina saludó a la limpiadora que entraba, “¡Buenos días!”; y ella le correspondió con otro buenos días y una sonrisa. Miró su reloj, el papel en el que tenía la dirección y se dirigió hacia el coche. Justo al lado, en la acera, un chiquillo lloraba.
          - ¿Qué te pasa chiquitín?
          - He matado a un pajarito. ¡Solo quería jugar con él!
          - No pienses en eso, no importa. Busca otro pajarito y cuídalo.
          - Pero ¿y su mami, su papi y sus hermanos? Ya nunca serán felices. ¡Quiero ayudarles a ellos! – dejó de llorar y sus ojos se iluminaron.
          - Ellos lo olvidarán con el tiempo. No todos los seres pueden ser felices.
          El chico quedó en la acera pensativo mientras él subía al coche y arrancaba. Se imaginó al pajarillo muerto tirado en el asfalto mientras sus padres lo buscaban cerca del nido. Tal vez un par de días, o quizá tres. Después todo volvería a su curso. Sus hermanos reclamarían el alimento y los papis irían a buscarlo. O quién sabe, a lo mejor siempre habría una porción de más para el hueco vacío en el nido.
          El sonido de una bocina le despertó de sus pensamientos. Aparcó el coche al lado de una tienda. Cogió la carta que había escrito y la leyó orgulloso: “Por la presente le comunicamos que la ejecución hipotecaria que recaía sobre su vivienda, hoy 8 de agosto, por las deudas que arrastraban con nuestra entidad, ha sido anulada y que, por tanto, no van a ser desahuciados. Rogamos pasen estos días por nuestras oficinas para formalizar la dación en pago con extinción de deuda y el alquiler social”.
          Subió las escaleras contento y se acordó del pajarillo mientras llamaba al timbre. Hacía tiempo que en casa venían necesitando una limpiadora. Su mujer pasaba gran parte del día fuera trabajando y él casi siempre estaba en la oficina. “Le voy a ofrecer a ella que trabaje en casa”. Llamó al timbre por segunda vez. “Es lo menos que puedo hacer”. “Pobres pajarillos. Si se caen del nido necesitan que alguien les ponga dentro de nuevo. ¿Y si nadie llega?”. Unos segundos y la puerta se abre de golpe… solo unos segundos.

domingo, 4 de diciembre de 2011

"El segundo fruto"

Anoche caí en el infierno. Até la soga al techo y su roce en mi cuello acabó con la oscuridad.

Sé que dirías que ese nunca puede ser un final, que el suicidio es el camino más corto hacia la nada, que así ya nunca podrán ser posibles el arrepentimiento y el Cielo. Lo sé. Pero no me importaba, porque ya no comprendía dónde estabais.

La habitación se había convertido para mí en un sordo y estremecedor aullido, en un sepulcro abierto y vacío. A la luz de la vela, con sus sombras ondulantes, cada anochecer era una guadaña negra afilada de llanto, una invitación de baile eterno con el sueño. Y es que siempre en la esquina el corazón dejaba de latir. El lecho de paja me extendía vuestros brazos y yo quería cruzar ese umbral, acabar con el horror y conocer la verdad.

Anoche vi el infierno, y no era más que una luna de fuego frío abrasadora. Su luz iluminó la súplica de tus ojos mientras sus manitas inmóviles, las tuyas y la cruz erais uno para siempre. Presencié las tormentas en el cementerio y cómo la cajita de madera se fundía con la tierra.

Varé en el espanto de tu limbo, en aquel confuso lugar sin purificación que os arrastró a los dos. Intenté nadar sin fuerzas, extenuado, guiado por las plegarias de tu voz ante la esperanza de un Cielo abierto para tus entrañas, por la misericordia de un ente todopoderoso y justo. Pero me ahogué en el lecho, cerrándote los párpados. Me hundí en el odio y en el miedo y olvidé.

Sin embargo anoche recordé. Subido a la silla y abrazado a la cuerda en la garganta, un martillazo de vida trituró las cadenas. Solo fueron una palabra, “dada”, y unas risitas de ángel desnudo sin alas. Jugueteaba con mi zapatilla tumbado en la paja y miraba hacia el techo con felicidad. Desaté la soga, bañé su cuerpo en la calidez de mis lágrimas y por fin os encontré.

Anoche salí del infierno, acabé con la oscuridad, descubrí que siempre estaríais aquí.

"La barra del bar"

Mucho tiempo hace ya desde que colgué mis últimas palabras por aquí... Hoy me he dicho a mí mismo "¡No puede ser, hay que ponerle remedio!". Así que, como tengo un par de relatos cortos que escribí hace ya algún tiempo que menos que compartirlo con vosotros, entes abstractos, indefinidos y sin nombre (pero humanos, demasiado humanos...) que pululáis por la red perdidos, como peces atrapados en una red satudara.

Aquí va uno titulado "La barra del bar":

- ¿Tú crees en Dios?- la voz le salió entrecortada.

- Hombre, no sé qué decir…- dijo el camarero mientras secaba uno de los vasos y lo dejaba bocabajo en el fregadero.

- Pues solo eso, que si crees que existe Dios. ¿Sí o no?-

- No sé, algo tiene que haber ¿si no porqué todo ese rollo de las religiones?-

- Pues yo no creo en Dios.- dijo mientras terminaba su copa y la ponía cerca del camarero. Éste la cogió, mirándolo de reojo, la lavó y secó cuidadosamente y la situó junto a la otra.

Dos bombillas colgadas de cables dejaban varias zonas del bar prácticamente a oscuras mientras en las otras se instalaba una difusa penumbra. En la esquina de la barra un hombre tosió, se levantó lentamente de su taburete y se dirigió al servicio. Un minuto después salió, pidió un güisqui solo con hielo y se sentó de nuevo. Desde la radio, encima de la máquina de café, el susurro de una potente voz de mujer cantando una copla inundaba el local.

- Pues yo creo que hay que ser muy tonto para creer en Dios. Anda, ponme otra copa cuando puedas.-

- ¿Lo mismo?-

- Sí, lo mismo.- sacó del bolsillo la cartera y un paquete de tabaco. Cogió un cigarrillo y lo encendió con una larga bocanada.- Porque a ver ¿qué hace Dios por nosotros?- el camarero terminó de prepararle la copa y se la acercó. Éste la cogió y le dio un trago rápido.- No sé, por mí no ha hecho mucho el cabrón.-

- Joder, es que eso no tiene nada que ver con el hecho de si existe Dios o no…-

- ¿Que no? ¿Pero Dios no está para ayudar? ¿¡Entonces para qué cojones está!?-

- No me líes, Paco.- retiró el trapo de su hombro y limpió las marcas de agua de la barra, haciendo levitar por un momento el vaso del otro para posarlo después.- Además hay mucha gente en el mundo como para que ayude a todos. Siempre hay alguien a quien no puede ayudarle y al que le dan por culo.-

- Puede que tengas razón. Pero es triste pensar eso.-

- Será triste o lo que sea, pero así debe de ser.-

Paco estampó su cigarro contra el cenicero. Enfrente había un espejo sucio con un borde donde se alineaban diferentes botellas de alcohol, la mayoría de ellas casi vacías. Su cabeza estaba a su misma altura y se veía el rostro, sesgado y multicolor en la negrura. Un poco más arriba aparecía la pequeña calva en movimiento del camarero. Abrió su cartera y se la quedó mirando. En ese instante la voz femenina terminaba la canción con una nota alta, prolongada y desgarrada. Apartó rápidamente su vista de la cartera, la cerró y le dio un trago largo a la copa.

- ¿Cómo están Amparo y los niños?- preguntó.

- Pss, tirando.- dijo el camarero.

- ¿Van bien en el colegio los gandules?-

- Mi chico sí. Siempre trae muy buenas notas y es de los mejores de la clase.-

- ¿Y cómo está el pequeño demonio? Hace tiempo que no le veo el pelo.-

- El pobre está pachucho desde hace unos meses.- el camarero dejó de limpiar la barra y se agarró a ella con los dos brazos.-

- ¿No me digas? ¿Qué le pasa?-

- No lo sé. Le cuesta respirar y se fatiga mucho, sobre todo cuando hace algo de deporte en la calle o en el colegio. Le van a hacer pruebas y el médico de cabecera dice que puede que sea anemia.- el hombre de la esquina volvió a toser con fuerza y le dio un trago largo a la copa de güisqui, vaciándola.

- Vaya por Dios. Espero que no haya problemas y que se cure pronto.-

- Yo también, Paco. Me da pena cuando veo que con la edad que tiene no puede estar jugando como un niño más con sus amigos.-

- Claro hombre, no te preocupes, que para eso están los médicos. ¿Y la mayor como está?-

- Una cruz me ha caído con la joía.-

- Bueno, es que está en una edad muy tonta.- Paco cogió la copa y le dio otro sorbo.

- Va de mal en peor. Lo único que hace es estar en la calle con sus amigas. Y mira que era buena estudiante hace dos años… Y ahora nada, todo suspensos.-

- Si es que vaya tela con la juventud de hoy en día.-

- Solo piensan en pasárselo bien. Igualito que nosotros a su edad.-

- Yo con la edad de tu mayor ya llevaba dos años por lo menos en una fábrica de sombreros. ¿La escuela? ¡Joder, ojalá hubiera podido ir! Por los cojones lo hubiera desperdiciado.- sacó de la cajetilla otro cigarro y lo encendió.

- Es lo que hay, qué se le va a hacer.-

Al final de la barra el hombre de la copa de güisqui llamó al camarero. Tenía la tez blanquecina y el pelo negro, plagado de canas que bajaban hasta extenderse hacia una barba corta y rala. Frente a sus ojos sostenía un folio que había dejado de leer, apoyándolo en la barra empapada de agua. Se quitó las gafas y frotó sus ojos con los nudillos. El camarero, con un movimiento rápido, colocó la bayeta sobre su hombro y se dirigió hacia el. El otro con la mano le hizo un gesto para que se acercara un poco más, quedando los dos a menos de una cuarta.

Del exterior no llegaba sonido alguno, aún cuando la puerta estaba entornada, y penetraba en el bar un aire frío que hacía bambolearse una de las dos bombillas, que estaba cerca de la entrada. La oscilación creaba una danza de sombras en el techo, un baile caprichoso. A veces era lineal y pendular, y parecía un gran reloj de pared que marcaba los segundos con cierta rapidez, pero en otros momentos era ligeramente circular, elíptico. Paco apartó la vista del techo y le dio otro sorbo al licor. En la radio comenzaron los vivos acordes de otra copla y la voz de una mujer se destacó con claridad.

Me lo dijeron mil veces mas yo nunca quise poner atención.

Cuando llegaron los llantos ya estabas muy dentro de mi corazón.

Te esperaba hasta muy tarde

ningún reproche te hacía

lo más que te preguntaba

era que si me querías.

Y bajo tus besos en la madrugá

sin que tu notaras la cruz de mi angustia solía cantar…

Te quiero más que a mis ojos

te quiero más que mi vía…

más que al aire que respiro

y más que a la mare mía.

El camarero había vuelto a donde antes se encontraba y, abriendo la caja registradora, cogió algunas monedas y se dirigió hacia el hombre de la esquina. Otra vez quedaron ambos en la misma posición de antes. Tras varios segundos le acercó las monedas que llevaba en la mano, mientras éste retiraba su cuerpo ladeado de la barra y posaba la mirada en el suelo, cabizbajo.

- Muchísimas gracias, no sabe lo que significa para mí.- dijo.

- No hay que darlas, hombre.-

Llorando junto a la cuna

me dan las claras del día

mi niño no tiene pare

que pena de suerte mía.

El reloj que había en la pared, encima de las botellas de alcohol, marcó con un sonido seco las dos de la mañana. El hombre se incorporó del taburete con lentitud, poniéndose las gafas y recogiendo el papel, ya mojado, que había dejado encima de la barra. Levantó sus ojos del encerado y los pasó por Paco y el camarero.

- Vayan ustedes con Dios, señores- dijo, y dirigió sus pasos hacia la puerta, cerrándola al salir. La bombilla comenzó, poco a poco, a decrecer en su danza curva y pasó a ser rectilínea de nuevo.

Paco sacó otro cigarro de la cajetilla y lo encendió. Miró la copa, que estaba a la mitad, y, soltando el mechero, la agarró con la diestra y la apuró de un sorbo.

- Ponme otro trago, anda.-

- No, Paco, ya está bien por hoy, cojones. Además voy a cerrar, que esto ya está muerto.-

- Joder… Está bien. ¿Cuánto te debo?- dijo mientras cogía la cartera.

- Nada hombre, hoy invito yo.- respondió el camarero, que recogió la copa, la lavó y secó cuidadosamente y la dejó junto a las otras que ya estaban limpias.

En la radio había empezado a sonar una bulería rápida y festiva. Alzando el brazo, giró la manivela y la apagó.

martes, 19 de julio de 2011

Hoy, mientras revolvía unas olvidadas cajas, me he reecontrado con un poema que escribí hace bastantes años. Al instante supe qué era y porqué lo escribí.

Y es que hay algo de "magia" en esto de escribir, que duda cabe. Como en un sueño, he revivido instantáneamente imágenes y sentimientos que no habían vuelto a salir al exterior... hasta hoy. Ahora, por fin, vuelven a formar parte de mí.

El poema está dedicado a un eucalipto que había en una glorieta, a pocos pasos de mi casa. Y digo "había" ya que tuvo la mala fortuna de interponerse en las obras de nuestro amadísimo metro de la ciudad de Sevilla.

En nombre, también, de todos aquellos árboles que han sufrido un destino similar y que seguro que tienen un hueco en el recuerdo de miles de seres humanos.





Columna jónica verdecina,
compañera de olores y de vida.
Amiga invisible, convecina,
siento en mí el dolor de tu herida.

-Déjame besar tu frente
de corteza descosida.

Desde tu pedestal de cemento
ves nidos donde el amor fermenta.
Conversas y juegas con el viento,
sonriendo al sol que nos calienta.

-Déjame coger tu mano
y ver tu derrota lenta.

Solo escucho ahora el quebranto
silencioso de tus vetas blancas,
el desgarro mudo de tu canto
y de tu cuerpo inmerme en la cuneta.

-Deja que grabe en mi mente
la rapsodia de un poeta.

Me pregunto cuál será tu sino,
si tu mente será solo olvido.
Espero que encuentres el camino
que el corazón del hombre ha perdido.

Déjame decirte, hermano:
"Tu corazón ha vencido".


domingo, 21 de noviembre de 2010

Así habló Zaratustra

Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Hay muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte, de carga, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso las más pesadas de todas.

¿Qué es pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien. ¿Qué es lo más pesado, héroes?, así pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije. ¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría?.

¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella celebra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador?.

¿O acaso es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del conocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?.

¿O acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad, y no apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos?.

¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?.

Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.

Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria.

¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».

«Tú debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un animal escamoso, y en cada una de sus escamas brilla áureamente «¡Tú debes!».

Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: «todos los valores de las cosas – brillan en mí».

«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy – todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero!”» Así habla el dragón.

Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?.

Crear valores nuevos – tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear – eso sí es capaz de hacerlo el poder del león.

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.

Tomarse el derecho de nuevos valores – ése es el tomar más horrible para un espíritu de carga y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa propia de un animal de rapiña.

En otro tiempo el espíritu amó el «Tú debes» como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.

Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?

Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.

Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño. –

Así habló Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor

jueves, 15 de julio de 2010

James Ensor, el "pintor de las máscaras"

Estamos en la década de 1880. En las ciudades de toda Europa se está gestando, después de varios años de descanso, un período convulso: por un lado las grandes potencias europeas no saben hacer otra cosa que ocupar territorios que no son suyos pero, eso sí, en nombre de la patria y en pos de la mejora de la humanidad, como debe de ser...

Por otro está comenzando la Segunda Revolución Industrial. La luz de gas va dejando paso a la electricidad, el raudo ferrocarril sustituye a las carretelas y carromatos en el transporte, un tipo que se llama Graham Bell inventa un aparato para hablar desde largas distancias, hay gente que comienza a crear edificios en un material que se denomina "acero", aparece un explosivo que se llama "dinamita", e incluso hay algún que otro loco que dice que se puede crear un método de transporte con el cual volar, como lo hacen los pájaros...

Asimismo las ciudades crecen, cada vez hay más habitantes y, a la misma vez, más diferencia económica entre estos. Las máquinas han dejado sin empleo a miles y miles de campesinos que no tienen otra opción que irse a las ciudades y comenzar a trabajar en las fábricas o a sobrevivir como mejor pueden. Sin embargo una pequeña masa de burgueses vive ajena a todo esto y controlando la mayor parte de la economía de las ciudades, mientras otros debaten sobre el nuevo orden de este sistema, denominado "capitalismo", y sobre las teorías de un tipo llamado Marx.

Por esos años había aparecido un movimiento de pintores que pensaban que era vano y ridículo pintar la realidad. ¿Para que pintarla si la fotografía ya nos da copias exactas de ésta? se preguntaban estos. Así que comenzaron a pintar las impresiones subjetivas que en ellos ejercían las imágenes de la realidad. Mas adelante serían bautizados con el nombre de "impresionistas". Como no podía ser de otro modo el público, en su inmensa mayoría, ignoró estas pinturas. Pero hubo un grupo de artistas que dijeron ¡Claro! ¿Para qué pintar la realidad? Lo que importa es el cómo yo la perciba, expresar los sentimientos personales y subjetivos que me crean, y continuaron su labor. Por derivación se les conoció como los "post-impresionistas".

En definitiva, las cosas están cambiando, y a un ritmo endiablado. De una sociedad prácticamente pos-feudal y una pintura adocenada y al servicio del Estado se está llegando, apresuradamente y sin estadios intermedios, a otra capitalista, donde lo importante es la producción, la velocidad. Las relaciones sociales, al ampliarse y rebasar el clásico modelo de la familia y la vecindad y perderse en una maraña de nuevas formas (por supuesto, siempre en lo referente a las clases altas) están tergiversadas, tanto más si añadimos los nuevos intereses que conlleva el naciente capitalismo. Es como si el ser humano también estuviese cambiando, escondiéndose detrás de una máscara, ocultándose a sí mismo porque lo importante es el progreso, no él mismo.


Eso mismo es lo que nos plantea James Ensor en sus pinturas. Formado en la Academia Real de Bellas Artes de Bruselas, una más de tantas, en la que se aprende de todo menos pintura moderna, pronto comenzó a crear un mundo personal, imbuido de una visión crítica de la sociedad contemporánea. Para Ensor la nueva sociedad ha cambiado al ser humano. El mundo se ha convertido en un gran circo lleno de novedosos espectáculos. En una sociedad en la que, como por esos años dijo Nietzsche, "Dios ha muerto, y lo hemos matado nosotros...", el sentimiento religioso se convierte en una función cómico-tétrica y, por suspuesto, de masas. Es lo que nos presenta en el cuadro "La Entrada de Cristo en Bruselas" (1888). Las masas de "pseudocristianos", disfrazadas y enmascaradas, asisten a un desfile fastuoso en el que, más que Cristo, lo importante es identificar a este personaje con el Socialismo y, en suma, politizar la religión y celebrar el poderío de la nueva sociedad. Nos es extraño que este Cristo no se sienta identificado con sus nuevos creyentes y que esté ciertamente molesto porque se le instrumentalice y hayan desaparecido los verdaderos "cristianos". Por eso en el cuadro "Varón de Dolores"(1892) parece tener un cabreo monumental. Parece preguntarse "¿por estos farsantes voy a sacrificarme?".

Jean Jacques Rousseau decía:"La naturaleza ha hecho al hombre feliz y bueno (lo cual es discutible), pero la sociedad lo deprava y lo hace miserable". Las pinturas de Ensor vienen a confirmar esta afirmación. Quizá no crea, como Rousseau, en la felicidad del ser humano primitivo, pero sí que la nueva sociedad lo ha modificado. Una idea constante en su obra es la presencia de la Muerte. Pero no como concepto dramático, romántico y simbolista. Es más bien una muerte irónica, casi irrisoria. Es la muerte de alguien que se ha dejado matar y que, incluso, ha contribuido a su propia muerte. Es una muerte "ridícula" y, como casi todo lo ridículo, humorística. Es lo que nos presenta en la obra "La Muerte persigue el rebaño humano" (1896). Además es una muerte "egoísta". Cada cual muere queriendo imponerse sobre el otro, como vienen haciendo los estados autoritarios con sus colonias, o los nuevos empresarios y burgueses capitalistas. En la obra "Dos esqueletos y un ahorcado" (1891) los dos "muertos" se disputan un cadáver que cuelga de la pared con el único fin de comérselo. Seres enmascarados asisten al suceso, algunos armados, esperando sacar tajada propia.

La pintura de Ensor es casi inclasificable, de ahí que sea única y singular. En esos momentos lo postimpresionistas (Van Gogh, Gauguin...) están pintando pero en un ámbito más alejado, en el sur de Francia. Por otro lado dominan las corrientes simbolistas, más o menos ancladas en un cierto clasicismo con pocos pintores que propongan algo diferente (Odilon Redon, Gustave Klimt y poco más). Ensor propone algo diferente. Por un lado para él el simbolismo no es interesante porque se aleja de la realidad y además, pictoricamente, no es novedoso. Por otro los postimpresionistas, si es que realmente llegó a conocerlos, pues son contemporáneos, le proponen algo distinto como es interpretar subjetivamente la realidad, pero sin trascenderla, es decir, sin plantear ideas a partir de esta creando "irrealidades reales", por decirlo de alguna forma.

Para Ensor la pintura tiene que ser instintiva, de poco o nada vale "pintar bien", lo "naif" (ingenuo) e incluso lo infantil puede valer siempre que conduzca a tergiversar la realidad y transformarla en algo diferente, que es en lo que se está convirtiendo. Por eso sus pinturas y dibujos a veces parecen realizadas por niños y representan un mundo de ensoñaciones propias de una edad infantil, de la inocencia. Es decir, lo importante no es cómo se cuenta (todas las formas son válidas) si no qué se cuenta, expresar la forma propia de interpretar la realidad, incluso saliéndose de esta.

Por eso mismo a Ensor se le podría considerar como uno de los padres, junto a Edvard Munch, del Expresionismo. Por otro lado los temas a veces irreales y fantasiosos que lleva a cabo lo ponen casi a las puertas, o por lo menos como antecesor, del Surrealismo. Pero, por encima de esto, fue un pintor de su tiempo. Supo contemplar la realidad sin anteojeras y plasmar en sus cuadros una visión del mundo personal y crítica. En muchos sentidos su pintura no es más que la representación cínica de la absurda muerte del ser humano como tal, de su transformación en algo distinto, pero en nada en concreto. En definitiva, tras las máscaras de Ensor se esconde el desconocimiento que el hombre tiene de sí mismo, la deshumanización del "ser humano" que se ve obligado a no ser persona, sino una simple máscara adaptable y cambiante a la realidad.

martes, 7 de abril de 2009

Aquellas Pequeñas Cosas

Hace muchos años escribí un pequeño relato que pensaba enviar a un concurso (cosa que no llegué a hacer ni he hecho a día de hoy). Recuerdo que la temática giraba en torno a la inmigración y que el texto no debía sobrepasar un determinado número de letras. Además se me viene a la cabeza que en aquel momento todo esa jerga abstracta y confusa de los certámenes literarios (que si plica, que si pseudónimo, que si tantas copias del original...) me sonaba a chino y me dejaba desconcertado. Hoy me he reencontrado con esta narración.

Lo mágico que tiene navegar entre los ríos de papel que a uno se le acumulan con los años es que durante el recorrido puedes varar mil veces pero siempre llegas a algún puerto conocido en el que has dejado una esencia importante de tí mismo. Cuando lo haces evocas las olas que te sobrecogían, las mareas que marcaban tu destino, el timonel que te guiaba bajo el firmamento, las zozobras durante el arcano trayecto... Y toda esa marabunta de sensaciones es como un pequeño fragmento de un gigantesco puzzle al que le añades una pequeña pieza. Pequeña, pero esencial. Porque son esas pequeñas cosas (parafraseando a Joan Manuel Serrat) en las que se basa nuestra existencia y de cuya simbología, como tótems llenos de significado que son, dependemos.

El relato que os pongo a continuación no es muy bueno. De hecho es mediocre en muchos aspectos. Pero, para mí, es muy importante.

Se lo dedico a las personas que aprecian "aquellas pequeñas cosas", a todos mis amigos (por suerte arduo sería nombrarlos aquí...) y, por supuesto, al maestro Serrat.

* El relato no tiene nombre.



12/5/2000

Últimamente no tengo ganas de sonreir. Al mirarme al espejo no me reconozco. Veo una figura, una burla de cuerpo, que se me antoja ya ajada, prematuramente envejecida. Me entristece de veras pues aparento casi cuarenta años cuando solo tengo veintiocho. (...)

15/5/2000

Mi padre se ha quedado sin trabajo. Me enteré ayer cuando llamé por teléfono a casa. Le han prohibido faenar por la costa porque dicen que no posee ningún documento que lo acredite para tal menester. Igual que él han acabado decenas de pescadores, a muchos de los cuales conozco personalmente. Sin dinero y sin honor, con el corazón deshecho en mil pedazos y trémulos los callos de las manos. (...)

17/5/2000

Hicham, mi hermano pequeño, ha tenido que dejar la escuela primaria para ayudar en la economía de casa en lo posible. Ahora será uno más de esos niños que inundan las calles del centro de la medina, vendiendo quincallas a los turistas, limpiando botas con sus pequeñas manos, rapiñando comida en cantinas y hornos... Solo le pido a bienaventurado Alá que lo acoja en su seno y le conceda fortuna para enfrentarse con el mundo. Solo tiene diez años. Por desgracia yo sé realmente lo que es la vida en la calle. La pobreza en que vivíamos en Rabat me arrastró sin remedio por los vericuetos de la ciudad, entre pordioseros y mendigos, riendo por mendrugos de piedra y soñando despierto a la orilla del mar. Ahora me doy cuenta de que me hice mayor sin quererlo. Me extirparon la niñez y me hice hombre sin serlo. De hecho nunca aprendí a llorar. (...)

18/5/2000

Hoy he visto, como cada día durante el descanso a la hora del almuerzo, a un grupo de chicos que salían del colegio. Durante unos segundos los he odiado pero después solo los envidié. No saben la suerte que tienen de poder ir al la escuela y aspirar a tener una vida desahogada y humana. Deseé que mi futuro hijo tuviera la educación de la que yo carecí. Al sentir unas lágrimas resbalando por mis mejillas me di cuenta de que los amaba. (...)

20/5/2000

Al salir de la plantación me dirigí junto a mis dos compañeros a la habitación alquilada en la que vivimos. En el portal nos encontramos con una pintada que decía: "Iros a trabajar a Marruecos moros de mierda". Por segunda vez en la semana lloré, esta vez amargamente. (...)

22/5/2000

(...) Me arrepiento de haber venido a España. Me acabo de dar cuenta. Buscaba la humanidad del hospitalario y me encontré con odio y resentimiento. (...) Me llaman ladrón por trabajar aquí sin contrato. Doce horas al día por cuatro perras, cuando ellos son los primeros en renegar de la labor que yo hago. Solo recojo las migajas que dejan por el suelo...

25/5/2000

"Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados." Mateo 5. 1-6. Al leer esto en la Biblia la esperanza se asentó en mi corazón de nuevo. No comprendí la crudeza de una sociedad que predicaba el amor puro. De nuevo lloré. (...) Anhelo un futuro de sosiego, superar la precariedad, dar a mi familia un cuenco lleno del que comer, una cama en la que dormir, un hogar de verdad. (...)

El comisario de policia apartó la vista del diario de Ibrahim y posó sus turbios ojos en el cuerpo inerte de este, que había recibido cinco brutales puñaladas, una de ellas mortal y directa al corazón. Miró al cielo y durante unos segundos pensó: "¿Que será ahora de su familia""


Abraxas




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